▪️Con 400 participantes, llegó a la Plaza de Armas la fiesta cuyo nombre, en zapoteco, significa ofrenda, presente y cumplimiento
▪️Al ritmo de la Marcha de Zacatecas, encabezó la Presidenta Honorífica del SEDIF, Sara Hernández de Monreal, la Calenda de las delegaciones oaxaqueñas
▪️Con el cetro en alto, la representante de la Diosa Centéotl abrió la fiesta en la Plaza de Armas, rodeada por los trajes de los 16 pueblos indígenas de Oaxaca

Zacatecas, Zac., 29 de octubre de 2026.- Llegar a la Plaza de Armas fue como subir al cerro del Fortín sin dejar la cantera rosa y, de fondo, la Catedral Basílica, el lugar se volvió una rotonda, las calles se volvieron gradas y Oaxaca llegó con sus chirimías, sus penachos, sus huipiles, máscaras, gigantes y piñas para ofrendarle a Zacatecas lo más suyo, la Guelaguetza.

Primero, la Calenda Cultural de Delegaciones anunció la fiesta, partió de la Alameda J. Trinidad García de la Cadena encabezada por la Banda Sinfónica de Zacatecas, que abrió camino con la Marcha de Zacatecas.

Al frente del contingente, caminaron la Presidenta Honorífica del Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (SEDIF), Sara Hernández de Monreal; Carlos David Jacinto Ortiz, encargado de Despacho de la Secretaría de Turismo del Estado de Oaxaca; la Secretaria General de Gobierno, Diana Saucedo Nava; el Secretario de Turismo, Le Roy Barragán Ocampo; la Directora del Instituto Zacatecano de Cultura, María de Jesús Muñoz Reyes, así como la Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Zacatecas, Maricela Dimas Reveles.

Detrás avanzaban las Chinas Oaxaqueñas de Genoveva Medina con sus canastas enfloradas en alto, coronadas de corazones, soles, cruces y flores.

Gigantes se mecían sobre las cabezas del público y las bandas de viento abrían camino por las calles de cantera.

Los toritos estallaban en fuegos artificiales y silbaban sobre la multitud, explotando en miles de luces.

Ya en la Plaza de Armas, el espectáculo inició con La Llorona.

Después sonó el vals Dios nunca muere, del compositor oaxaqueño Macedonio Alcalá, que los oaxaqueños cantan como un himno. La plaza entera se puso de pie. En pleno Festival de Día de Muertos, el título sonó a respuesta.

De pronto, con el cetro entre las manos, apareció al centro del escenario la representante de la Diosa Centéotl, recibida con el himno que lleva su nombre. A su derecha y a su izquierda, en un arco de colores, la escoltaban mujeres ataviadas con los trajes de los 16 pueblos indígenas y del pueblo afromexicano de Oaxaca.

Nombrada Diosa Centéotl 2026, llegó desde Santiago Pinotepa Nacional, en la costa oaxaqueña, como portavoz de su pueblo, por lo que sabe de su lengua y de sus tradiciones. “Me encuentro con el corazón feliz de poder compartir con ustedes una pequeña muestra de lo que es la riqueza cultural del estado de Oaxaca”, dijo ante la plaza.

Habló de dos tierras que se reconocen: “Sé que Zacatecas y Oaxaca son estados que tienen sus propias costumbres y tradiciones, pero comparten el mismo amor a sus raíces, a su gente, a sus costumbres y a sus tradiciones”.

Explicó que La Guelaguetza es la máxima fiesta de los oaxaqueños, “un acto de reciprocidad, de dar, compartir, ayudarnos unos a otros”, y recordó lo que se dice en su tierra: “dar es recibir”.

“Hoy no solamente venimos a bailar, venimos a contar una historia de dónde somos, de dónde venimos y qué hacemos”, afirmó.

Contó que la Diosa Centéotl “simboliza el maíz, la vida, la abundancia y la fertilidad”, el maíz como sustento del pueblo oaxaqueño. “Hoy, pisando este escenario en Zacatecas, digo que la cultura trasciende fronteras”, expresó.

Presentó a sus hermanos de las ocho regiones del estado y se dirigió a cada uno de los rostros de la plaza, niños, jóvenes y adultos: “sé que somos diferentes, pero eso es lo que nos enriquece”. Pidió que nadie viera la fiesta sólo como un espectáculo, sino que apreciara “el esfuerzo, la dedicación, el amor que cada delegación pone en este escenario”.

Solicitó un aplauso para sus hermanos de las ocho regiones y para la Banda Sinfónica Infantil de Tlaxiaco, y agradeció: “Gracias Zacatecas por abrirnos las puertas de su casa. Oaxaca los espera con los brazos abiertos. Visiten Oaxaca, visiten la Guelaguetza”. Se despidió con un “¡Que viva Zacatecas!”.

Así, cuando comenzó la fiesta, la plaza entendió que nadie había venido a ver un espectáculo, sino a recibir una ofrenda.

La palabra lo explica todo: guelaguetza viene del zapoteco guendalezaa, ofrenda, presente, cumplimiento. Fueron, entonces, dos ofrendas, una para los que ya se fueron y otra, hecha de música y baile, para los que siguen aquí.

Entonces sonaron las chirimías y abrió el programa la delegación de Miahuatlán de Porfirio Díaz con sus sones, jarabes y fandango miahuateco, el baile inicial, con el que se pide por una buena cosecha. Detrás, una tras otra, llegaron las regiones.

Con 400 participantes, La Guelaguetza demostró que no es un baile, sino un estado entero que se cuenta en ocho regiones y que vive en las manos y en los pies de su gente.

Vive en los sones y los fandangos, en las bodas que se representan tal como se celebran en los pueblos, en los sones del Istmo de Tehuantepec, en el vals fúnebre y romántico de La Zandunga.

Vive en los huipiles tejidos en telar de cintura, en el terciopelo bordado de flores de las tehuanas, en cada zapateado sobre la cantera.

Los danzantes de la Pluma de Zimatlán de Álvarez robaron las miradas: sus penachos de hojalata, con espejos y plumas, devolvían cada destello de luz mientras recreaban, paso a paso, el encuentro entre los pueblos indígenas y los españoles, la historia de La Conquista.

Después llegaron la Danza de Rubios de Santiago Juxtlahuaca, los diablos danzantes de Collantes, desde la Costa afromexicana, y los sones y jarabes de la Ciudad de Tlaxiaco, con la música de la Banda Sinfónica Infantil de Tlaxiaco.

Uno de los momentos más hondos llegó cuando sonó de fondo la Canción Mixteca, el canto de quienes dejaron su tierra y la extrañan desde lejos. En una plaza zacatecana, la nostalgia no necesitó traducción, aquí también se sabe de despedidas y de regresos.

Y entonces llegó la representación del Alto Papaloapan, las bailarinas de Flor de Piña forman una V. Cruzan las filas zapateando, giran alrededor de las piñas que llevan al hombro y, al final, como manda la tradición desde 1958, las regalan al público.

Para el final quedaron las Chinas Oaxaqueñas de Genoveva Medina, las mismas que habían alzado sus canastas en la Calenda, ahora con el Jarabe del Valle.

Porque en los pueblos oaxaqueños La Guelaguetza nunca fue sólo un espectáculo, es el trabajo que se presta, el maíz y el chile que se comparten, la ayuda que se devuelve.

Es, junto con el tequio y la mayordomía, la manera en que una comunidad se sostiene a sí misma. Bendita fiesta, donde nadie llega con las manos vacías.

Ofrenda para los que ya no están, ofrenda para quienes llenaron la plaza, ofrenda para una ciudad que, por una noche, latió al compás de los sones de Oaxaca. Ahí estaba La Guelaguetza, en la piña que pasó de unas manos a otras, en el gesto de dar.

La actividad terminó con todas las delegaciones reunidas en el escenario, bailando juntas, hermanadas, y con la promesa de volver a las calles este viernes 30, cuando el contingente oaxaqueño se sume al Gran Desfile “Me muero de ganas de vivir”.

Pero, más allá de todo, quienes acudieron comprendieron que el verdadero regalo fue la palabra que Oaxaca trajo consigo, guelaguetza, donde el que da también recibe y el que recibe vuelve a dar.

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