Ser masón implica un compromiso profundo con los principios de libertad, igualdad, fraternidad y respeto a la dignidad humana. No se es masón por portar un mandil, sino por vivir con coherencia y dignidad. No se trata de recitar rituales vacíos, sino de encarnar esos valores tanto en la vida profana como dentro de la logia. La masonería, históricamente, ha buscado formar hombres y mujeres de pensamiento libre, comprometidos con el progreso de la sociedad.

Sin embargo, la realidad demuestra que no todos los que se llaman a sí mismos masones lo son de verdad. Existen quienes utilizan la fraternidad como fachada de poder, como un símbolo de estatus o como un espacio de privilegio personal. El falso masón no edifica, destruye. No ilumina, oscurece. A esos se les puede llamar falsos masones, porque su actuar contradice los pilares de la Orden. Como bien escribió Albert Pike: “Lo que hacemos por nosotros mismos muere con nosotros; lo que hacemos por los demás y por el mundo permanece y es inmortal”. Quien no entiende esto, reduce la masonería a un simple disfraz.

El papel del verdadero masón en la vida profana es ser ejemplo de rectitud, justicia y templanza, irradiando hacia su entorno social y familiar los principios que en la logia se enseñan. Y dentro de la masonería, el deber es cultivar la tolerancia, la fraternidad y el trabajo colectivo, sin dogmas ni imposiciones.

El machismo, una contradicción dentro de la masonería

No puede hablarse de libertad mientras se oprime a la mujer. No puede hablarse de fraternidad mientras se le niega la sororidad. En pleno siglo XXI, resulta contradictorio que aún existan masones que reproduzcan el machismo y la misoginia como si fueran parte de la tradición. Se habla de libertad, pero se niega la igualdad. Se predica fraternidad, pero se excluye a la mitad de la humanidad. Este tipo de prácticas no solo son incongruentes, son también destructivas.

Maria Deraismes, pionera de la masonería femenina en Francia, dejó una frase que retumba en nuestros días: “La humanidad es como un ave: necesita de dos alas para volar; una es el hombre, la otra es la mujer”. Una masonería sin mujeres es un ave herida que jamás podrá alzar el vuelo.

La masona y escritora francesa Annie Besant también lo advirtió: “Las cadenas más fuertes no son las de hierro, sino las que se forjan con prejuicios”. Y es justamente el prejuicio machista el que aún oprime y limita a mujeres que buscan igualdad en los templos masónicos.

Negar la voz de la mujer es condenar al silencio a la verdad. Decir que la mujer no tiene cabida en ciertos ritos o logias es una visión retrógrada que contradice el espíritu universalista de la Orden. La masonería no puede, ni debe, ser refugio de discriminación.

Los falsos masones

El verdadero enemigo de la masonería no está fuera, sino dentro: es aquel que viste el mandil para ocultar su soberbia, su machismo y su intolerancia. Quienes se disfrazan con el mandil y esconden bajo él la misoginia son los peores enemigos de la humanidad. Son falsos masones porque traicionan los principios que dicen defender. Se convierten en sombras dentro de un templo que debería iluminar.

El verdadero masón, en cambio, se mide por su coherencia: por cómo respeta, cómo actúa y cómo construye una sociedad más justa e incluyente. No basta con los símbolos, no basta con la palabra. El compromiso se demuestra con hechos.

Hoy, más que nunca, la masonería debe ser un espacio de transformación. No hay futuro para una institución que niega a la mujer. Una masonería sin igualdad es una masonería sin destino. Una institución coherente debe respetar y valorar a la mujer, romper las cadenas del prejuicio y sacudirse la hipocresía de quienes confunden el poder con la sabiduría.

La masonería solo podrá tener futuro si abre sus puertas y corazones a la verdadera igualdad. Porque como escribió Simone de Beauvoir, filósofa y referente de la libertad femenina: “El opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”.

El llamado es urgente y claro: menos disfraces y más conciencia. Menos machismo y más igualdad. Menos falsos masones y más seres humanos de verdad.


 
 

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